sábado, 6 de marzo de 2010

Pedro Salazar Ugarte CHÁVEZ: “LOS TRES PODERES SOY YO”

Notas de un constitucionalista mexicano perdido en Caracas

En los primeros días del mes de diciembre de 2009 viajé a Caracas, Venezuela, invitado por el Tribunal Supremo de Justicia de ese país para participar en el Congreso conmemorativo del X Aniversario de la Constitución de la República Bolivariana. La experiencia, por muchas razones, resultó memorable. A continuación reproduzco mis notas de ese viaje. Aunque transcribo lo que anoté día a día durante mi estancia caraqueña y, por lo mismo, no se trata de un texto reconstruido en retrospectiva, sí es la crónica de una experiencia vivida y narrada con la carga de inevitable subjetividad que traen adheridos los recuerdos. Por lo mismo, lo que aquí cuento, probablemente, no es idéntico a lo que recuerdan mis colegas constitucionalistas (españoles, argentinos, ecuatorianos, bolivianos, cubanos y brasileños) que también fueron convidados a tan peculiar evento. Así es esto de la memoria y sus bemoles.
Salida de México: Sábado 5 de diciembre de 2009

El aeropuerto de la ciudad de México, a las 23:50 horas, en domingo, es un páramo desierto. La situación es extraña o, por lo menos, mi sensación lo es. Abordaremos el último vuelo del día: el MX375 con destino a Caracas. El aeropuerto de una de las ciudades más grandes y pobladas del mundo, por el que pasan miles de pasajeros diariamente, está vacío. Las tiendas cerradas, los trabajadores de limpieza haciendo su tarea, los guardias de seguridad, cansados, bostezan. La terminal 1 del Benito Juárez parece una ciudad que se acaba de dormir y aún no quiere despertarse. Y el único lugar activo, en el que se encuentra un grupo de personas sentadas y ansiosas, es la puerta 21 en la que nos han convocado para abordar el vuelo. Estoy cansado pero curioso porque voy a un país y a una ciudad que no conozco. Además, tengo la impresión de que soy el único mexicano en la sala de espera. Así que éste es ya mi primer contacto con Venezuela.

El vuelo, de hecho, está lleno. ¿Qué vinieron a hacer tantos venezolanos a México? Imagino que están de vacaciones (predomina un perfil de clase media y alta). Yo, al menos hasta ahora, no habría contemplado la posibilidad de vacacionar en su país. Ya es domingo, 6 de diciembre, el vuelo saldrá a la 1:05 a.m. Nunca había despegado de madrugada. La situación me desagrada.

Llegada a Caracas: Domingo 6 de diciembre

El vuelo transcurre bien y llegamos a Caracas con media hora de adelanto. Me esperan en el aeropuerto dos personas de protocolo y me auxilian para salir en calidad de diplomático. Nada de trámites, nada de aduana, nada de controles. Agradezco la atención sin ningún reparo. Lo que me desconcierta es el huso horario: vaya usted a saber por qué razón es una hora y 30 minutos más tarde que en la ciudad de México (6:00 a.m. en el D.F.; 7:30 a.m. aquí). Así que debo ajustar mi reloj 90 minutos y no 60, 240 o 420 como debemos hacerlo cuando viajamos a la frontera con Estados Unidos, a Buenos Aires o a Europa.

A la salida me espera una comitiva de jóvenes de protocolo, elegantes y amables, con una batería de automóviles haciendo guardia cada uno con su respectivo conductor. Me asignan un auto que me llevará directamente al hotel. El chofer es un personaje de película: fuerte, moreno, grande, simpático. Además, como descubro de inmediato, es un convencido seguidor de Chávez. Con un lenguaje popular y florido me explica los peligros que enfrenta el régimen bolivariano: nuestro presidente tiene muchos enemigos de dentro y de fuera. Los de dentro son todos golpistas: “Fulano de tal, gobernador de la región tal… ¡golpista!; el otro, gobernador de este otro lugar… ¡golpista!; el diputado ‘X’, también él, ¡golpista!”. Y, como una reminiscencia de un discurso congelado en el tiempo, al voltear hacia el mundo, está convencido de que los americanos tienen la culpa de todo lo malo que pasa en el continente. La mejor prueba —y en ello lleva razón— son las bases militares norteamericanas en Colombia: “Los americanos quieren que peleemos con nuestros vecinos para meterse hasta acá; pero este presidente, Chávez, es muy inteligente. Si se meten con nosotros, se las verán con nuestros amigos: Rusia, Irán, Bolivia, Ecuador, Brasil y tantos más. ‘Nomás con Cuba ya tienen’ porque los cubanos están esperando el momento de vengarse de los americanos”. Pasamos unas villas miseria en la montaña de camino a la ciudad y él me dice que eso no debería estar ahí “porque da una mala imagen a los visitantes”, pero me cuenta con orgullo que “hay mucho médico cubano trabajando con esa gente”. No me queda duda, desde mi aterrizaje, que el discurso bolivariano tiene anclaje (aunque no olvido que se trata de un conductor al servicio del Estado).

Conforme pasan los minutos confirmo que el señor es un seguidor auténtico del gobierno. Y eso hace la charla más interesante. Me cuenta partes de su vida y destaca el crédito que obtuvo —“gracias al presidente”— para comprase un departamento. Antes, “uno como yo —me dice— no hubiera obtenido un crédito, nunca”. En todo momento subraya que, en el pasado reciente, su país era elitista y excluyente y ahora predomina lo popular. Obviamente, no es un hombre educado: por ejemplo, me pregunta si el avión que me trajo desde México puede volar todas esas horas sin tener que cargar gasolina. Pero ostenta un grado de politización sorprendente y, junto con el mismo, un notable nivel de ideologización.

Poco antes de llegar al hotel nos cruzamos con un maratón en el que los corredores vestían, todos y todas, de rojo. “Ese es el color del partido del presidente”, me dijo. “Los ‘escuálidos’, en cambio, se visten de amarillo”. Se despide recomendándome encarecidamente aprovechar que es domingo para sintonizar, a partir de las 11:00 a.m., aproximadamente, Aló Presidente.

El hotel —Gran Meliá Caracas— es el más fastuoso de la ciudad y, como en todas partes, el lujo es idéntico: grande, majestuoso, elegante. Mi habitación es espaciosa y cómoda. Me esperan, como bienvenida, dos canastas de frutas y unas nochebuenas, regalo de la presidente del Tribunal Supremo. El lujo no me apantalla pero me sorprende. Simplemente, en Venezuela, invitado por el régimen supuestamente socialista (que se empeña en transmitir, dentro y fuera del país, una imagen popular), no esperaba un hotel en el que, por ejemplo, puedo elegir “almohadas a la carta”: de “semillas de trigo”, “ortopédica”, “plumas de ganso”, “almohada de bebé”, “plumas sintéticas”, “anatómica”, “alérgica poliéster & policron”. Unas semanas antes estuve hospedado, invitado para participar en otro seminario, en el Hotel Victoria de Turín, Italia. Mi habitación en aquel viaje y el resto de las instalaciones del clásico hotel turinés medían la tercera parte. ¿De dónde nos viene a los latinoamericanos esta vocación por lo ostentoso y esta manía por lo monumental? Cuando algunos amigos europeos visitan México, con frecuencia, si son invitados por las autoridades me hacen notar el exceso y el dispendio con el que son recibidos. Esta es la primera vez que vivo esa sensación en carne propia. Y, tienen razón mis amigos, surte el efecto contrario al que los anfitriones esperan.

A las pocas horas de llegar al hotel tengo la sensación de que nada es lo que parece. El lugar es igual a los grandes hoteles de todo el mundo —quizá lo único que delata algo de descuido es el estado de los baños, grandes y viejos—, sin embargo, el ambiente y el modo de comportarse del personal es singular. Pareciera que, detrás de la fachada del hotel de cinco estrellas, descansara un fresco latinoamericano. Para muestra un botón: no logro retirar dinero de un cajero automático (me pide dos números de un carnet de identidad que, obviamente, por ser extranjero, no tengo). La señorita de recepción —joven, muy guapa y simpática— me sugiere pedir orientación con el conserje —también joven y simpático— quien me explica que, tal vez yo no lo sepa, “existe un problema con el tipo de cambio en Venezuela”. Por aquello de la “falta de divisas”, puntualiza. Así que no me recomienda seguir intentando obtener dólares en los cajeros (además, apunta, ello supone correr riesgos innecesarios). Él propone otra cosa: una operación “segura y secreta”, con un tipo de cambio preferencial, ni más ni menos que del doble a mi favor (el cambio oficial es de 2.5 bolívares por dólar; él me cambia 100 dólares por 500 bolívares). Así, sin más, en el lobby de un hotel de gran lujo. Por eso no me sorprende la devaluación que anunció Chávez en enero de 2010 ni me sorprendería un quiebre de la economía venezolana.

Dado que no acepté la generosa oferta del conserje tuve que cambiar unos cuantos dólares en efectivo por unos cuantos bolívares pagando, además, el 1% de comisión en el hotel. Todavía recuerdo la cara del conserje y de la recepcionista ante mi decisión (supongo que, para ellos, absurda). Con ese dinero, después de nadar en la enorme piscina al aire abierto, decidí ir a conocer el centro de la ciudad. Justo antes de salir de mi habitación recibo las cartas de invitación para las cenas oficiales y un directorio telefónico en el que —entre otras cosas— se me indica el número de Protocolo, el de Seguridad y el de Servicio Médico que están a mi disposición, permanentemente, ahí mismo en el hotel. Todo junto, más el cansancio, profundizan mi extrañamiento.

Al abandonar el hotel lo primero que noté es que éste estaba custodiado, en su entrada, por dos destacamentos de tres militares armados. Quizá la explicación reside
en que el mismo se ubica en una zona caótica y popular. Los alrededores de este majestuoso edificio son muy parecidos al once en Buenos Aires o a la calle de Regina, antes de su rescate, en la ciudad de México. En pocos minutos me encuentro en el meollo de una caótica ciudad latinoamericana en la que todo puede pasar. Por ejemplo, la vendedora del puesto en el que me detengo a comprar dos botellas de agua, antes de atenderme, con discreción fallida, despacha algo que debe ser droga —por la manera en la que tiene lugar el intercambio entre el billete y el producto— a una joven veinteañera. Nada que no suceda en la ciudad de México (o en pleno centro de cualquier ciudad del mundo) pero que aquí observo con la sorpresa de un visitante que, técnicamente, acaba de llegar.

Viajo en metro, es domingo y aquello está a reventar. La muchedumbre es popular, colorida y las mujeres —ya me lo habían advertido—, en verdad, son atractivas. Mi primera impresión es que ésta es una sociedad relativamente igualitaria —con un status de clase media baja generalizado— que contrasta en su composición con la ostentosa desigualdad mexicana. Acá todo parece popular, parejo, uniforme. Obviamente, estoy en una zona popular, en pleno centro de la ciudad, pero no salta a la vista lo que en México o en Río de Janeiro es común, frecuente y está por todas partes: autos de marca y gente de esa clase alta latinoamericana, altiva y ostentosa.

El metro de Caracas podría estar en cualquier ciudad del mundo. Nada especial, nada que merezca un comentario. Pero el centro de la ciudad me parece un sitio desolador. Algún edificio interesante —el Capitolio— pero, el resto, incluida la plaza Bolívar, en verdad decepcionante. Cuernavaca es una metrópoli frente a esto. Al menos si comparamos el centro histórico de aquella ciudad con este lugar caótico, ruidoso y tremendamente sucio. Me acerco a dos vendedores de artículos varios para preguntar por un restaurante para comer y, sin satisfacer mi inquietud, me ofrecen dólares, droga, compañía. Constato que mi condición de extranjero es inocultable. Y eso me desagrada pero, al mismo tiempo, me consuela. O mejor dicho, me ayuda a soportar mejor mi propio sentimiento de extranjería. Y aunque eso me puede pasar también en los sitios turísticos de México —“España, olé” nos gritaban a mí y a mi esposa para llamar nuestra atención los vendedores ambulantes de Playa del Carmen hace algunos meses—, aquí mi extranjería es real, definitiva. No logro encontrar en mí —al menos no ahora— la fibra que hace latir los corazones de muchos amigos y familiares con fervor latinoamericano. Soy extranjero y me siento extranjero en medio de este caos que mezcla la vitalidad ruidosa con el más desolador deterioro. No me gusta la arquitectura irregular y sin estilo alguno que hermana a Caracas con Villahermosa, ni disfruto el escándalo sin censura de decenas de chiquillos que juegan entre las mesas a arrojarse pequeñas explosiones de pólvora (de esas que en México llamamos “brujitas”). Hay algo que me impide dejarme abrazar por un sol que, a pesar de ser diciembre, quema.

“Ragazzi, non aborghesatevi”, nos decía Franco, un viejo comunista y amigo italiano, a mi esposa y a mí hace algunos años. Me doy cuenta que su advertencia, al menos en mi caso, fue desatendida. O quizá era simplemente imposible de cumplir: cada uno es fruto de su medio y de su tiempo. Tal vez por ello, observo esta ciudad con una mirada de extranjería que no tiene su origen en las coordenadas de la geografía sino en los recintos de la cultura, las concepciones políticas, los gustos y las formas de vida. En medio de una plaza enorme que descansa detrás del espantoso edificio del Congreso Nacional —decorado con un enorme cintillo que, por un lado, tiene los retratos de los libertadores de América (Bolívar a la cabeza) y por el otro dos enormes fotos de un Chávez tomando juramento y saludando a la masa y que, irónicamente, recoge la consigna “la sede del poder del pueblo”—, ante la suciedad, el abandono y la indigencia que merodea y escarba en los basureros en busca de comida, me descubro completamente ajeno, fatalmente distante de esta realidad en la que no veo ninguna “revolución progresista”. No encuentro un socialismo con rostro moderno en el que la igualdad social vaya de la mano del progreso ni una democracia en la que el concepto sea algo más que un recurso legitimador del caudillo en turno.

Me pregunto si es este caos que se inclina al precipicio lo que emociona a algunos intelectuales europeos que celebran la revolución bolivariana, denuncian con aburrimiento el impasse y la mediocridad intelectual en el que —según dicen— está atrapada la sociedad europea y declaman su encanto por Latinoamérica (pero suelen tener un boleto de avión —de regreso a casa— en el bolsillo). Yo, definitivamente, no encuentro en lo que veo el germen de una sociedad moderna, libre e igualitaria. Y me niego a claudicar ante la idea de que ésta es la igualdad y libertad que nos toca a los latinoamericanos: una seudomodernidad folklórica, ad hoc para los países del tercer mundo. La idea provinciana de que debemos encontrar nuestra identidad y destino sin mirar hacia otra parte siempre me ha parecido mediocre. Una cosa es aceptar la realidad y sentirse parte de ella y otra, muy distinta, conformarse con un estado de cosas en el que la marginalidad es destino.

Regreso al hotel. Son las 17:10 horas y prendo la TV. Ahí está, en vivo, Aló Presidente. Lo que escucho y veo es un adelanto de lo que —sin saberlo— me tocará presenciar al día siguiente. Reporto solamente un par de imágenes. Hugo Chávez interactúa con su público y provoca su entusiasmo: habla de un fiscal chavista asesinado “por la burguesía” y el público de pie, todos de rojo, en un mitin televisivo y televisado, comienzan a gritar: “¡Honor y gloria a todos los caídos!”. Minutos después, como quien habla de cualquier cosa, dice que teme por la vida su hermano, Nacho, porque los burgueses podrían asesinarlo para dañarlo a él. El público, de nuevo, entusiasmado, irrumpe al grito de: “¡Chávez amigo, el pueblo está contigo!”. Ante las porras, el presidente asegura que seguirá luchando contra los latifundistas “así me quede solo; moralmente solo”. Y, como si nada, advierte que, para evitar que eso suceda, es necesario “pulverizar” al enemigo. Este espectáculo ya ha sido narrado en muchas crónicas y artículos por lo que no me extenderé en su desarrollo pero, en verdad, no tiene desperdicio: es la personalización mediática del poder en su máxima expresión. Una forma de demagogia que, según me dicen, comparte con su enemigo Uribe. Michelangelo Bovero llama, con razón y filo, a esta nueva clase dirigente, los “caudillos posmodernos”.

El discurso de Chávez reivindica insistentemente lo popular y desprecia todo lo que huela a burgués: le encanta, por ejemplo, manifestar su desprecio por los que beben whisky. Pero yo estoy hospedado en un hotel de lujo pagado por el propio Estado venezolano. Alguien podría apuntar que la invitación proviene del Poder Judicial y no del Poder Ejecutivo pero, en la Venezuela de Chávez, como confirmaré después, esa distinción no tiene mayor sentido. Por lo mismo, la habitación me permite palpar el tamaño de la farsa. Y, entonces, reconfirmo la razón profunda de mi toma de distancia radical con el proyecto bolivariano y su presunta revolución hacia el socialismo del siglo XXI: detesto a los caudillos. La simulación, la retórica y el uso y abuso de las emociones con las que alimentan su poder, es la materialización de las formas políticas que más aversión me generan. Chávez hablando de Chávez y de su proyecto para el bien de Venezuela activa los resortes más sensibles de mis convicciones democráticas y me permite confirmar que, en efecto, en mi caso, soy un demócrata antes que otra cosa. Hijo legítimo de mi tiempo histórico creo en la necesidad de reemplazar periódicamente a los gobernantes y limitar sus poderes como una condición para el ejercicio de una verdadera libertad política. Además, la retórica schmittiana —colorados vs. escuálidos; bolivarianos vs. burgueses—, venga de quien venga, me resulta violenta, excluyente y peligrosa. La política es conflicto, por supuesto; pero la política democrática es superación del conflicto. Me pregunto cómo es que no ha estallado la violencia en este pobre país gobernado durante décadas por una elite clasista y explotadora y ahora por un general carismático que cuenta con un ejército —diría Bovero— de “siervos contentos”.

Antes de la cena oficial de bienvenida —que resultará discreta y sin mayores lujos— nos reunimos en el lobby del hotel los participantes del congreso. La composición es interesante: académicos de Ecuador, Bolivia, Venezuela, Argentina, España, Cuba. También hay funcionarios judiciales del más alto nivel. Por ejemplo, están presentes magistrados de los Tribunales Constitucionales de Chile, Ecuador y Bolivia; el presidente del Tribunal de Cuba y el secretario del Consejo de Estado de ese mismo país. Seguramente por ello el aparato de seguridad es impresionante: una decena de hombres de físico portentoso y actitud vigilante. Ese cuerpo de protección y vigilancia, a partir de entonces, estará presente en todos los recintos, lo cual no deja de ser desconcertante porque supone que existe un riesgo real de que se verifique algún tipo de atentado. De lo contrario no me explico por qué la presidente del Tribunal Supremo está permanentemente rodeada de un cuarteto de matones que le doblan la estatura y calibran con cara de pocos amigos a todos los que la rodean.

Durante la cena comparto mesa, entre otras personas, con un juez y un diputado, chavistas ambos. La defensa del gobierno es excesiva y raya en lo ridículo: la crisis no ha llegado a Venezuela, el petróleo es sólo una parte de su economía, la popularidad del presidente es muy alta (las encuestas mienten), la inseguridad es un problema real pero explotado por la oposición (una de sus causas principales —me explican— es la presencia de colombianos desplazados que antes se quedaban en la frontera pero ahora llegan hasta Caracas), etcétera. Ya en el extremo de la complacencia, una joven juez que no quiere quedarse fuera del concierto, remata: “Venezuela es el mejor país de mundo”. Ni el más mínimo asomo de crítica. De hecho, el afán por superarse unos a los otros en la celebración de los éxitos del chavismo llega a extremos patéticos. Reproduzco de memoria dos intervenciones emblemáticas. La primera es del diputado. Y comienza con el reconocimiento de un dato de hecho inocultable: el calentamiento global ha provocado una fuerte crisis de agua en el país. Por lo mismo, reconoce, hay problemas de abasto en amplias regiones. Sin embargo, Chávez, me explica con una sonrisa socarrona, ha sorteado la crisis de manera ejemplar pidiendo a los ricos que aprendan a bañarse con jícaras (ellos usan otra palabra pero no recuerdo cuál es) como siempre lo ha hecho el pueblo. “Fíjese usted”, me dice, hasta “la naturaleza está teniendo un papel igualador en Venezuela”.

La segunda perla proviene de la boca del juez (un joven simpático, bien enterado, enamorado de México y muy preocupado porque me lleve una buena impresión de su gobierno): “La historia de este país es increíble, ¿usted sabe que la historia del Quijote es, en realidad, venezolana? Un escudero —me explica— la llevó a Madrid y de ahí la tomó Cervantes”. Me recordó a algunos amigos catalanes que, en su nacionalismo, pierden la brújula de lo sensato.

Antes de irnos a dormir llegó la noticia de la victoria electoral aplastante de Evo Morales en Bolivia. El ánimo generalizado es de fiesta. “¡Y luego dicen que estos tíos no lo hacen muy bien!”, celebraba un colega español muy vinculado con lo que han llamado “nuevo constitucionalismo latinoamericano”.

Inicia el congreso: Lunes 7 de diciembre

Temprano nos reunimos en el lobby del hotel. Nos espera un convoy de seis camionetas, escoltadas por motoristas (que fueron abriendo el paso) y seguidos por una ambulancia. En las camionetas delanteras nos acompañaron unos escoltas de físicos, en verdad, amenazantes. Llegamos al tribunal después de rodear la ciudad hacia lo alto (lo que me permitió constatar que es más grande de lo que me había parecido el día anterior y que tiene muchos edificios altos e irregulares, algunos de ellos modernos). Caracas, en definitiva, no es una ciudad bonita ni ordenada pero ahora descubro que no carece de una cierta personalidad. A pesar de las favelas que rodean una parte de la montaña que a su vez circunda a la ciudad (y que es escenario común en toda Latinoamérica), si debo encontrar un adjetivo, diría que a Caracas la caracteriza más el desaliño que la miseria. Sin embargo, por lo que puedo apreciar, por desgracia, ya no tendré oportunidad de recorrerla. Un colega brasileño me comentó que intentó salir a correr por la mañana y no logró evitar que lo siguiera un guardia de seguridad; algún otro comentó que le sucedió lo mismo la noche anterior. Se ve que el tema de la inseguridad —y la posibilidad que le pase algo a algún miembro del congreso— los tiene, en verdad, preocupados. O quizá sus preocupaciones y las causas de su marcaje individualizado sean otras.

El Palacio de Justicia es grande e imponente. Lo corona un vitral que es orgullo de sus miembros y que no deja de ser interesante (“es el más grande del mundo” me repiten un par de veces). La hospitalidad y la atención por parte del personal y del comité organizador siguen siendo impecables. En el auditorio dos grandes mantas anuncian el propósito del Tribunal Supremo de Justicia: “Construyendo un Estado Democrático y Social de Derecho y de Justicia”. Poco a poco el auditorio se llena y se va integrando el presidium con algunos invitados especiales, los miembros del gobierno y los titulares de los órganos del Estado bolivariano. Detrás de ellos se sentarán los 31 jueces constitucionales. Junto al presidente Chávez estará nuestra anfitriona, la presidente del tribunal, Dra. Luisa Estella Morales. A mí, quién sabe por cuáles suertes del destino, me tocará sentarme en la primera fila, prácticamente enfrente del presidente. Detrás de mí estarán los embajadores de Cuba, Italia, Bolivia y Ecuador y, como después constataré, el diputado que conocí la noche anterior.

Chávez llegó 40 minutos tarde y su intervención estaba programada (según consta en el programa) para durar unos 20 minutos. Nos sorprendió llegando por la entrada principal y, entre su arribo y el inicio del evento, se detuvo a platicar e intercambiar bromas con distintos grupos de los presentes. Desde ahí quedó claro que no tenía prisa. Su carisma y dominio del escenario son indiscutibles, abrumadores. Es la representación del poderoso que disfruta sus enormes potestades. Un par de invitados le dicen de pasada, ¡venimos de Cuba!, y él grita en respuesta ¡Viva Fidel!, a lo que le sigue un aplauso espontáneo y animado por parte del respetable. Ya en el estrado, antes del discurso de la presidente, escuchamos de pie el himno de Venezuela. El evento inicia con el discurso de la presidente. A partir de ese momento el evento adquiere un significado y un interés distinto para quien esto escribe. La Dra. Morales, cabeza del Poder Judicial del Estado venezolano, abre boca advirtiendo la necesidad de superar la “odiosa separación de poderes”. Lo dice así, textualmente. Después puntualiza: de lo que se trata es de dejar atrás la barrera clásica liberal de la separación entre los poderes que ha impedido que el Estado se erija como un solo ente. Esa concepción “liberal burguesa” debe abandonarse en el “nuevo paradigma constitucionalista” de Sudamérica. No doy crédito. Frente a ella están sentados sus pares, los jueces constitucionales, que escuchan (me pareció que algunos con cierta incomodidad y disimulada sorpresa) su llamado a lograr una dinámica “coordinada, interrelacionada, de cooperación” entre los poderes estatales. Su adversario, nos dice, es la concepción liberal —francesa y americana del checks and balances— porque no corresponde a la realidad actual y a las necesidades de nuestros países. Al menos no, remata, al presente de Venezuela.

Hugo Chávez Frías comenzó a hablar a las 11:50 aproximadamente. Se levantó hacia la palestra y no lo acompañó el aplauso de algunos de los jueces constitucionales (a los que él no ve; pero nosotros sí, desde las butacas de enfrente). Pero el público lo recibe con entusiasmo. Y aquí comenzó una historia aparte. El presidente nos recetará un discurso de casi tres horas, que será interrumpido 30 veces por aplausos —las conté una a una y participé en tres de ellas: una por distracción, otra por prudencia y la última porque finalmente el martirio se había acabado— y que contendrá decenas de —supuestas o reales— citas de Bolívar (muchas de ellas de memoria), bromas, anécdotas, canturreos y, sobre todo, desvaríos. Una breve reseña del contenido me resulta irresistible. Narraré partes de su discurso en desorden (lo que no altera en nada su sentido porque él mismo es completamente desordenado) para ofrecer una síntesis sustantiva y no una reseña periodística (que no sería capaz de hacer). Todo lo que transcribo entre comillas proviene de mis notas y, por lo mismo, puede tener algunos errores menores pero el sentido es preciso y en la mayoría de los casos textual.

Para explicar por qué llegó tarde al congreso cuenta que tuvo que atender una llamada del mandatario de Rusia y, después, se entretuvo jugando con unos niños en la entrada del auditorio que estaban en una guardería organizada por el propio Tribunal Supremo. Y ahí deja caer una frase que anuncia su concepción de la autonomía entre los poderes: guardería que yo celebro “[entre otras razones] porque la organizaron sin pedirme un solo peso [risas]”. Volteo a ver a los magistrados y magistradas y me da la impresión que muchos de ellos lo observan cansados, aburridos, con cierto hastío. Él, supongo que lo nota y remata con actitud burlona: “¡ay, qué severos son los magistrados y yo que llegué tarde por jugar con los niños y porque tenía que hablar con el primer ministro de Rusia… ¡Viva Rusia!”. Su auditorio aplaude y alguno deja escapar un par de “vivas”. La autonomía del tribunal, su independencia frente al Poder Ejecutivo, quedó así arrollada entre la anécdota y la ironía. Con lo que, de paso, hizo eco directo con el discurso de la presidente Morales.

En su discurso, Chávez, salta de un tema a otro sin aparente coherencia: desde la cumbre en Uruguay a la que está por asistir, hasta el triunfo de Evo Morales (“Bolivia: Pueblo que se alza como Lázaro y se reivindica”), pasando por aparentes confesiones retóricas de humildad (“No quiero parecer presuntuoso ante sabios […] A mí siempre me ha apasionado esto del derecho pero yo soy solamente un soldado”). Y de ahí construye una implícita conexión entre él y Bolívar (cita de memoria al libertador): “Yo soy sólo un soldado, nacido entre esclavos y no he visto más que hombres encadenados y compañeros con armas dispuestos a romper las cadenas”. No hace falta decir que el tono es histriónico —aunque no exagerado— y el gesto raya en lo profético.

A lo largo del discurso regresará, una y otra vez, sobre otra conexión —digamos ideal— con Bolívar que parece obsesionarlo: la derrota y traición por su pueblo. En algún momento defenderá la necesidad de educar al pueblo —“educación, moral y luces deben ser los polos de una República”— para evitar que, desde la ignorancia, “sea un instrumento ciego de su propia destrucción” (esta frase es repetida a sotto voce por el diputado con el que cené la noche anterior y que está sentado detrás de mí). Me siento en el ritual de una secta cuyo guía teme que le suceda lo mismo que al profeta: a Bolívar, insiste, lo acechó la “Crónica de una muerte anunciada, para citar al Gabo”. Y al igual que el libertador y supuestamente como él decía, Chávez se declara: “una débil paja arrastrada por el vendaval revolucionario” (esta clase de frases le encantan porque las repite dos o tres veces modulando tonos distintos). Pero, cuando expulsaron a Bolívar de Venezuela, se pregunta preocupado: “¿dónde estaba el pueblo que no salió a defenderlo?”.

Al hablar de Bolívar adquiere un tono místico-religioso: Bolívar, como él mismo, fue “crístico”; “vivió cual Cristo y murió crucificado”; a los venezolanos “nos guía su fata morgana”. Así, tal cual. Y, para rescatar a su otro pilar ideológico, remata: Fidel también es “crístico en lo social” (y lo repite un par de veces en voz más baja). El tono mesiánico y profético se expresa en esta y otras frases más adelante (él mismo ironiza sobre el hecho de que la oposición lo pinta como un predicador protestante “puertorriqueño”): “yo soy católico pero, sobre todo, soy cristiano”. Más adelante, en medio de una frase, advierte que construir una patria verdadera es “una tarea homérica y bolivariana”. Y mucho después, en la tercera parte del discurso, citando a un tal Mesaro, advierte: “¿Cómo conciliar la vida del individuo humano limitada en el tiempo con el carácter radicalmente ilimitado del tiempo histórico?”. Recupero una última anécdota —que él narra entre bromas, chistoretes y calculados titubeos de (falsa)memoria— para redondear el tono profético y mesiánico del discurso: dice que un día, en Cuba, se encontró a unos niños que lo saludaron (“Hola, Chávez”, dice que le dijeron) y le contaron que iban a la escuela; al poco rato, por el mismo camino, se encontró a un pastor evangélico que también lo reconoció y dijo con tono severo: “Chávez, te exhorto a que continúes y dile a Fidel que es un cristiano en lo social”. Después, como es debido, juntos, “terminamos orando”.

En su discurso los conceptos de “occidente”, “liberalismo”, “capitalismo”, “revolución francesa”, “revolución americana” —todos juntos— forman parte del mismo proyecto que debe abandonarse y superarse. En un momento exclama con voz convocante: “Jamás volveremos [a ese modelo], cueste lo que cueste y pasé lo que pasé”; “por nuestros niños, ¡no podemos volver atrás!”. El auditorio lo premia con un aplauso. Su discurso, a partir de este momento, incluirá reflexiones seudofilosóficas alrededor de un dilema supuestamente bolivariano: ¿en dónde será posible desentrañar la “misteriosa incógnita del hombre en libertad”? De vez en vez, entre anécdotas, desvaríos y chascarillos, regresará al punto para concluir que eso sólo es posible en la América Latina que su proyecto revolucionario encarna. En paralelo, su arenga va y viene sobre los males del capitalismo. Ese capitalismo que produce una televisión que “corrompe la mente” y que activa “lo que Fidel llama ‘los reflejos condicionados’ ” (la referencia a Pavlov no puede faltar y no falta). Acto seguido, cierra la pinza de su razonamiento: “¡O el imperio yanqui o el mundo; los dos no caben en este planeta!”.

Para aterrizar esa retórica advertencia en tierras venezolanas advierte que la oligarquía engaña a los venezolanos diciéndoles que Chávez (se refiere a sí mismo como Hugo Sánchez, en tercera persona) regala casas a los bolivianos (mientras los venezolanos viven en la pobreza). Ésa, nos dice para retomar su tesis, es una estrategia científicamente diseñada: “¡están haciendo activar los reflejos condicionados!”. Nos quieren vender un lenguaje y unas ideas sugerentes y peligrosas: “¡cuidado con la igualdad de oportunidades”; “¡necesitamos la igualdad de condiciones!”. Detrás de mí, el diputado, de nueva cuenta, repite en voz baja las frases de Chávez: ¿cuántas veces las habrá escuchado? Se me antoja voltearme y decirle que entendió muy bien; que precisamente ésos son los “reflejos condicionados”. Obviamente, me abstengo.

No es difícil adivinar la otra veta de su argumento: la burguesía venezolana es el enemigo “movido por el imperio” y por eso “necesitamos educación”. “Hay muchos jóvenes venezolanos —explica— que no saben en dónde está Quito pero sí en dónde queda Miami”. Aprovecha la idea para jugar con nombres de localidades y bromear con la incapacidad de los ignorantes oligarcas imaginarios para pronunciarlos. Es, en verdad, simpático: el público ríe, yo mismo sonrío. Aprovecha el aplauso que levanta su chascarrillo para continuar el espectáculo: “apláudanme más porque voy a tomar café” (y le da un sorbo al café que le han puesto en atril). Por un segundo me siento en una trova o en una peña. Pero estoy en el auditorio del Tribunal Supremo de Justicia de la República de Venezuela. Y, por lo mismo, el espectáculo resulta tragicómico.

Pero Chávez recupera mi atención porque sube el tono de manera alarmante: “si la burguesía recupera el poder acabará con la constitución”. Y narra que Fidel le ha hecho una advertencia muy severa: “Chávez: es bueno que los venezolanos sepan que, con el odio que tienen acumulado, si la burguesía recupera el poder cometerá un genocidio de proporciones enormes”. A mí se me hiela la espalda cuando alguien del público —una voz de mujer— grita: “¡lo sabemos, presidente!”. Esta escena me vendrá a la mente al día siguiente cuando, como narraré a continuación, acudimos al Cuartel San Carlos y en la fachada divisé una gran manta que decía: “Todos de pie; presidente Chávez, ordene!”.

De la constitución, Chávez tiene una idea meramente política: lo que importa no es su contenido, ni los límites institucionales que pudiera contener, sino el proceso que llevó a ella. Por eso, con tintes rousseaunianos, advierte que no pueden ponerse límites al poder transformador del pueblo. “¿Qué constitución es inamovible?”, pregunta. “¿Qué constitución no debe adaptarse al ritmo de los tiempos?”, remata. Y como el tema de la reelección está implícito en el circunloquio justificativo, continua: “en España se puede reelegir el presidente todo lo que quiera; ¡ah!, pero aquí no, ¡los indios no podemos hacerlo!”. De ahí desarrolla una veta más de su discurso: “¡el constitucionalismo [del siglo XXI] nació en Caracas!”. Para él, de hecho, el tiempo que vivimos es maravilloso: “una ideología que se apodera de las masas y que se convierte, de nuevo, en ideología”. Marx y “su dialéctica” son invocados para celebrar la fiesta.

Chávez, afirma, pertenecen a una corriente llamada “el historicismo” que consiste, simplemente, en ser parte de la historia. Y hoy, en la Venezuela bolivariana, la división de poderes es una institución del pasado. La razón es simple: esa medida liberal y burguesa, debilita al Estado. Aunque “los reaccionarios nos quieren hacer pasar como dictadores”, dicho principio debe ser sustituido por el de la “autonomía entre poderes”, que es propio del “constitucionalismo popular”. Un constitucionalismo “histórico y bolivariano” al que, según asegura, “le tienen pavor los yanquis y sus lacayos”. Yo no podía dejar de pensar en el texto del artículo 16 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 (y que sería el eje de mi intervención del día siguiente): “una nación en la que los poderes no están divididos y los derechos no están garantizados, no tiene constitución”. Pero lo que pudiera pensar quien esto escribe y los otros constitucionalistas, magistrados y profesores extranjeros, invitados (y a quienes llamó “sabios” al iniciar su arenga) lo tenía completamente sin cuidado. No es mi interpretación, el propio Chávez se tomó la molestia de aclararlo: “prefiero las opiniones del pueblo que las de los sabios”. Por eso —y aunque no soy sabio— escribo esta crónica sin cargo de conciencia.

Chávez dejó de hablar después de más de 180 minutos de perorata. Estoy convencido que el despotismo también descansa en esos detalles (aparentemente sin importancia): el tirano se apodera de nuestro tiempo a capricho; obliga a escucharlo hasta que se agota el caudal de sus ocurrencias. Cuando miraba hacia el presidium me dio la impresión de que más de un magistrado, durante el discurso, pensaba lo mismo. Cuando lo hice notar en una sobremesa recibí una respuesta cerrada: en efecto, algunos de ellos son “escuálidos”, de derecha. El blindaje ante cualquier crítica, por mínima que sea, es absoluto. Yo no soy de derecha y celebro no tener que soportar otro discurso de esos, nunca más en mi vida. En la noche, con malicia y sarcasmo, un colega español, en el lobby del hotel, ante un pequeño grupo de invitados y funcionarios de diversos países (Venezuela incluida) me disparó a quemarropa: “¿Calderón también hace esos discursos?”. Mi reacción fue a bote pronto: “No —le dije—, Calderón, seguramente, no sería capaz”. Pero, “sobre todo —rematé consciente de lo que hacia—, nosotros no le tenemos tanta paciencia”. Sé que es estúpido pero me sentí infantilmente complacido con mi respuesta.

Cuartel San Carlos: Martes 8 de diciembre

Temprano nos trasladan, de nueva cuenta y como todos los demás días, escoltados (seguridad, motocicletas, ambulancia, etcétera) a la sede del Tribunal Supremo de Justicia. Sin embargo, un pequeño grupo nos separamos para participar en una reunión programada con la finalidad de analizar el proyecto de una red de constitucionalistas “por un nuevo constitucionalismo” que impulsan algunos colegas desde hace tiempo. En abstracto la idea de la red tiene aristas interesantes. No existe algo así en el continente y, en principio, podría ser una plataforma para promover la idea de que el derecho puede ser un instrumento para transformar a la realidad y no necesariamente para conservarla. El manifiesto en el que se recogen los principios básicos de la propuesta no está mal: habla de democracia, justicia social, división de poderes, circulación de los gobernantes. Por eso acepto asistir al encuentro.

La reunión tendrá lugar en el Cuartel San Carlos, ubicado a unos 200 metros del Palacio de Justicia y que fue una cárcel durante varios años. Se trata de un edificio cuadrado y amplio con un enorme patio central —bien podría haber sido una hacienda mexicana— en cuyo centro colocaron algunas sillas alrededor de una mesa, con un toldo y un equipo de sonido. Todo rigurosamente de rojo. En el fondo del patio, sirviendo de telón al encuentro, cuelga una enorme manta con una foto de Chávez deteniendo en su mano una pequeña constitución bolivariana y rematada con la frase “Nuevo Constitucionalismo del Pueblo Bolivariano”. La puesta en escena es burda y, a mis ojos, constituye una provocación. Solamente acepté ser fotografiado —junto con un grupo de colegas extranjeros— dando la cara a la manta para evitar que ésta coronara la imagen. La reunión, a mi juicio y a juzgar por el tinglado, desde su inicio, se precipitaba al fracaso.

Antes del encuentro un par de guías populares —uno de ellos ex presidiario— nos cuentan que el recinto fue “rescatado por el pueblo” porque el Ministerio de Cultura quería convertirlo en una escuela. La historia suena inverosímil en la Venezuela chavista pero ésa es la versión oficial. Y el valor del lugar, nos dicen, reside en que ahí fueron encarcelados muchos luchadores sociales. Uno de ellos —“el último gran soñador que pasó por aquí”— fue preso por “el imperio y la oligarquía criolla servil”. Por supuesto, se trata del mismísimo Chávez, quien estuvo encarcelado ahí mismo después de intentar dar un golpe de Estado. La historia la escriben los vencedores, no cabe duda: el intento de golpe chavista es celebrado como un acto heroico; el golpe en contra de Chávez, en cambio, es muestra de la falta de escrúpulos de la oligarquía. Defino, de inmediato, mi postura en este tema: ningún golpe de Estado es aceptable. En todo caso, en situaciones de opresión, es legítimo el derecho de resistencia.

La reunión, finalmente, bajo un sol insoportable, inicia en el templete del patio (yo me siento intencionalmente en la esquina de frente a la manta chavista). El coordinador, el colega español que se divirtió provocándome la noche anterior, narra los objetivos de la iniciativa en términos básicamente académicos. Sabe, supongo, que está en medio de una emboscada política. Los venezolanos presentes están, de hecho, esperando que su líder, Carlos Escarrá —el diputado del que ya he hablado en un par de ocasiones—, tome la palabra. Él mismo, con orgullo, dice ser el coordinador del movimiento de constitucionalistas bolivarianos. En su primera intervención se declara “militante de la esperanza” y habla de actividades e iniciativas populares venezolanas (como la “parlamentarización social de calle”) que se orientan a una “apropiación popular de la constitución”. Mientras habla cita a Chávez reiteradamente y su tono, no sé por qué, me parece amenazante.

Será unos minutos después, en una segunda intervención del mismo diputado, cuando la baraja quedará expuesta. En respuesta a la lectura de una relación de nombres de posibles integrantes de la red —el Dr. Fulano, la Dra. Mengana— a cargo del coordinador del encuentro, el diputado Escarrá, desenvainó la espada bolivariana (cuya réplica en miniatura, por cierto, nos había sido regalada la noche anterior): “el lenguaje que se está usando en este encuentro es capitalista; porque ‘red’ es un concepto capitalista” y porque en la presentación de los nombres se incluyó el grado académico de los mencionados. Mirando con desprecio a los presentes, remató: “Yo no puedo participar en una organización de elite —aunque no perdió la oportunidad para recordarnos que él tenía un doctorado, tres maestrías y 31 años de experiencia en la docencia— porque yo estoy por un constitucionalismo mestizo”. La perorata es interesante por exagerada y, a mi juicio, resulta demoledora para la reunión. Su discurso es delirante: “en Venezuela el derecho constitucional se está haciendo en las calles y no en la academia”. Y lo dice, nos advierte, un profesor que en el pasado fue “discriminado por no ser blanco” y que, “aunque no es un chavólogo”, tiene muy presentes las enseñanzas del presidente. Sobre todo la que ya conocemos y que él repite: “es menester escuchar más al pueblo que a los sabios”.

En ese momento caigo en cuenta de que, en ese país, todos los poderes y todos los sectores —en este caso la academia y los estudios constitucionales— han ido perdiendo autonomía y se están alineando, paulatinamente, con el proyecto del comandante. Soplan aires totalitarios. De hecho, el diputado aprovecha para expresar su total “coincidencia” con la presidente del Tribunal Supremo: “el poder del Estado es uno sólo; el poder es sólo uno”; “por eso hay un jefe de gobierno que también es un jefe de Estado”. Y concluye sonriente y con turbia mirada: “¿hasta cuándo seguiremos con las vetustas ideas del Espíritu de las Leyes?”. Es ahí cuando decido abandonar la reunión e irme al hotel. Estoy cansado y me siento profundamente incómodo. Me levanto y, caminando hacia la salida, veo apostado en el fondo del patio un equipo de grabación con dos grandes antenas que captan todo lo dicho en la mesa. Ahora entiendo la insistencia del diputado en hacer recurrentes y redundantes muestras de lealtad presidencial. Sé que es absurdo pero, en ese momento, padecí un sentimiento de pérdida de libertad. Mismo que se incrementó cuando me comunicaron —con amabilidad pero de manera tajante y definitiva— que no podía irme en un taxi, por mi cuenta.

Deseo abandonar el lugar de inmediato porque no quiero legitimar con mi presencia un minuto más esa farsa y tengo que esperar a un chofer/escolta. Mientras espero resignado su llegada, leo distraído unos carteles en los que se pide la inmediata liberación de Illich Ramírez Sánchez, alias Carlos o El Chacal, terrorista detenido en Francia que, en el lugar en el que me encuentro, es considerado “un luchador social”. Es inagotable la capacidad que tenemos los seres humanos para manipular los hechos. Eso pienso cuando llega el auto que me llevará al hotel. Lo conduce el mismo chofer que pasó por mí al aeropuerto. Aprovecho la confianza que ese encuentro previo me brinda para enterarme que es un instructor de boxeo; que él y todos sus colegas son guardias de seguridad; que tiene instrucciones de llevarme o seguirme a todas partes; que es responsable por mi integridad física, y que no puedo abrir las ventanas del auto. El tipo —como ya he tenido oportunidad de reportar— es bonachón, simpático y platicador pero no me cuesta trabajo imaginarlo “obedeciendo órdenes”, incluso, sobre mi persona. Sobra decir que es enorme: pesa 105 kilos, según me cuenta. Decido quedarme toda la tarde en el hotel, antes de regresar para las mesas de trabajo al tribunal. La noche siguiente descubriré que en el mismo piso en que estaba mi cuarto —el piso 12—, a dos puertas de distancia, dos habitaciones idénticas a la mía, una frente a la otra, estaban ocupadas por el personal de protocolo y de seguridad. Hasta ese momento entendí cómo era posible que, cada que salía de la habitación y caminaba a los elevadores, invariablemente, aparecía un escolta a mis espaldas.

La mesa de trabajo vespertina del martes es interesante porque en las intervenciones de los participantes —público inscrito compuesto por estudiantes o funcionarios judiciales en su mayoría— es palpable un orgullo sincero por su constitución. Obviamente, aquí sólo están presentes los que piensan eso (el evento es una celebración de su documento constitucional) pero el dato, para mi sorpresa, es real. La constitución bolivariana tiene una base social indiscutible. Existe una apropiación popular de algunas de sus normas y un sentido de reivindicación política representado por su texto. No puedo dejar de pensar en el tipo de oligarquía que debió gobernar a este país y que logró generar este sentimiento de emancipación simbólica en los jóvenes estudiantes que —según narran— participan en las misiones populares y se sienten orgullosos de promover el socialismo por todo el país. Al contestar una pregunta del público expreso una banalidad: eso que llamamos pueblo no existe en cuanto tal y, en todo caso, con frecuencia “se equivoca”. La respuesta no tarda en llegar: “como ha dicho el presidente Chávez, el pueblo educado nunca se equivoca”, me dice un joven funcionario judicial. Ese mismo muchacho, más adelante, en un significativo desliz, me llama el “camarada norteamericano que viene de México”. A pesar de este episodio, al final, mi sensación es que el nivel de la discusión, desde un punto de vista académico, fue elevado.

La cena, ese día, tendría lugar en un bonito jardín ubicado a la mitad de la ciudad que fue recuperado como espacio cultural “abierto al pueblo”. La tranquilidad del lugar, sus más de cinco hectáreas de verde y el canto de los grillos, contrastan radicalmente con el caos y el desorden de la ciudad que nos rodea, que nos atrapa. Mi lugar en la mesa está ubicado junto con un colega argentino y otros dos cubanos en la mesa de la presidente del tribunal. La charla resulta amena e interesante. La Dra. Morales cuenta que es de una provincia pobre y de origen popular. Mi tierra, nos dice, no sin un dejo de orgullo, “siempre fue cuna de guerrilleros”. Su historia es ejemplar:
abogada en Venezuela, estudiante de posgrado en Italia y Francia (vivió en Europa ocho años), experta en derecho agrario y juez por mérito propio (de hecho, años atrás, antes de la llegada de Chávez al poder, la expulsaron del Poder Judicial por conceder un amparo, en aplicación directa de la constitución, para proteger unas tierras comunales). No me queda duda que es una persona inteligente y calculadora. Y, al narrar su experiencia como presidente, destaca un dato verdadero en el que yo no había reparado: cuatro de los cinco titulares de los poderes en Venezuela son mujeres. Ningún otro país en América Latina puede presumir un dato como éste. Es cierto.

Pero, al entrar al terreno de la política, cae el telón. Su independencia frente a Chávez es, a todas luces, inexistente. Y, sin un Poder Judicial independiente, como nos enseñó MacIlwain, no hay espacio para las libertades. La Dra. Morales conoció a Chávez cuando éste la invitó a asesorarla para hacer la Ley Agraria (según escuché en diversas oportunidades, el presidente, al menos al inicio de su gobierno, mostró un inteligente talento para allegarse de consejeros valiosos) y, después, la convirtió en juez constitucional. De ahí, el paso a la presidencia —con el apoyo del comandante— fue sencillo. El colega argentino se interesa por las tesis que expuso en su discurso inaugural y ella, sin reparos, confirma lo dicho: la división de poderes, al menos en la Venezuela bolivariana, debe superarse. “En mi país —nos dice—, ahora, no miramos hacia Europa”. Su posición es nítida: el Estado debe tener objetivos únicos y comunes y todos los poderes deben abonar en esa dirección; lo contrario debilitaría su capacidad transformadora. Y, en Venezuela, no hay duda, “Hugo Chávez es el jefe de ese Estado”. Yo no logro contenerme y, con cierto maquillaje teórico pero sin rodeos, le recuerdo una obviedad: el poder corrompe y que los seres humanos no tenemos llenadera. Nunca un lugar común tan manoseado me había resultado tan pertinente. Su rostro permaneció inmutable.

Intervención y clausura: Miércoles 9 de diciembre

El día de mi exposición en el pleno el ambiente fue amable. Leí, sin mayores ajustes, el texto que había escrito en México y que se publicará en la Revista Internacional de Filosofía Política. Mi tesis central venía como anillo al dedo y era todo menos obsequiosa: las constituciones no son —al menos no solamente— proclamas políticas, sino un conjunto de normas vinculantes, y parte de esas normas, junto a los derechos fundamentales y como una garantía de protección para los mismos, es la dimensión orgánica de la constitución que se funda en el principio irrenunciable de la separación/división de los poderes. El auditorio me acompañó con atención y con un aplauso prudente, moderado y en ese contexto y a la luz de mis tesis, generoso. Al terminar se acercaron algunos magistrados de dos de los tres países aludidos —Venezuela, Bolivia y Ecuador— y me pidieron que les envíe mi ponencia. Los tres, cada uno por su parte, me solicitan que no lo hiciera a sus correos oficiales. Una señora —que se quedó mi ponencia con anotaciones— se acercó para decirme: “gracias, porque nos trajo un poco de oxígeno”. Lo más gratificante fue el abrazo de un magistrado que me felicitó por el valor para decir lo que dije en el contexto en el que lo expuse. Al escucharlo no pude dejar de pensar con cierto orgullo nacionalista —poco común en mi caso— que, a pesar de nuestros múltiples problemas, en México los profesores universitarios no necesitamos valor para decir este tipo de cosas.

Después de mí, para cerrar el evento, expuso el colega español al que he hecho más de una mención y que ha jugado un papel importante en la confección de las constituciones venezolana, ecuatoriana y boliviana. Su ponencia me pareció sólida. Y me resultó particularmente interesante porque, al ser un promotor del “nuevo constitucionalismo latinoamericano”, delineó algunas de sus tesis principales: la importancia de las asambleas constituyentes populares; el peso de la fuerza democrática sobre las instituciones elitistas de garantía (cortes constitucionales); la participación ciudadana constante; el referéndum como instrumento de consulta de todas las reformas a la constitución; la iniciativa popular; el poder constituyente recogido en la propia constitución, básicamente. Al escucharlo me acordé de los dilemas que ocuparon mis reflexiones cuando escribí mi tesis de doctorado, precisamente sobre las tensiones entre el constitucionalismo y la democracia. Y no pude dejar de sorprenderme ante lo mucho que nos cuesta entender que el poder, en las manos de quien sea, si no se limita, se vuelve tiránico.

Después de pasar por el hotel partimos hacia la cena de clausura. Para llegar subimos por un teleférico durante 20 minutos, lo que me permitió divisar una bella vista de esa ciudad desordenada, ruidosa y ajena con la que no logré conectarme. En el hotel en el que tendrá lugar la cena nos espera un recibimiento cálido y discreto que promete una velada tranquila. Sin embargo, una desafortunada intervención de la presidente del tribunal me regresa a la realidad: esto es la Venezuela de Chávez. Narro solamente la médula de la anécdota.

Aunque el viejo hotel en el que estamos no reviste el mayor interés turístico, dado que solía ser un sitio lujoso y elitista, nos anuncian que tiene un valor simbólico. Convencernos de ello será la tarea encomendada a una joven trabajadora del lugar. Su misión parecía simple: contarnos en dónde existía una pista de baile, cómo era el bar de los años setenta, etcétera. Pero la presidente del tribunal esperaba otra cosa. Así que, cuando la muchacha se disponía a concluir, la Dra. Morales le preguntó a bocajarro: dinos, por favor, ¿quién está recuperando y remodelando el lugar? A lo que la chica, que no dio muestras de aptitudes para la esgrima mental, respondió: “pues…, unos trabajadores”. La tensión se dejó sentir de inmediato y la presidente no contribuyó a diluirla: “sí, claro, pero ¿cuál es la autoridad que decidió recuperarlo?”. En respuesta, la muchacha, balbuceó: “el ministerio del poder popular para el turismo”. La contestación, obviamente, fue insatisfactoria: “y…, quién está por encima de ese ministerio”, reclamó sin tapujos la anfitriona del evento. “Ah —alcanzó a mascullar la niña—, el presidente Hugo Chávez Frías”. El silencio fue general y la escena fue patética. Pero lo fue todavía más la preocupada intervención del jefe de protocolo del Tribunal Supremo de Justicia de la República Bolivariana, quien se aprestó a confirmar que, en efecto, el presidente había ordenado la recuperación del hotel y también había decretado que éste ostentara el nombre indígena del parque en el que está ubicado: Waraira Repano.

Finalmente, pasamos a cenar —una comida, como la de todos los días, buena y austera— amenizados por una estupenda banda integrada por músicos que habrán tenido una edad promedio de 65 años. Al término de la cena, con la hospitalidad de siempre, nos regalaron recuerdos y materiales gráficos del evento y nos acompañaron a presenciar un espectáculo de fuegos artificiales en la cúspide del monte en el que nos encontrábamos. El congreso, ahora sí, había terminado.

Epílogo

En el aeropuerto, a las 5:00 a.m. del 10 de diciembre, aumentó mi deseo de volver a casa. Me parecía extraño que entre ciudad de México y Caracas sólo existieran cinco horas de vuelo (y una hora y media de diferencia). Para mí la distancia era más grande: representaba dos modos de vida y dos proyectos de futuro diametralmente distintos. Nuestro país, con sus miles de defectos, a contraluz con Venezuela, se me antojaba como una bocanada de oxígeno para el devenir latinoamericano; una promesa que no se ha cumplido pero que, si logramos atender los rezagos sociales sin abandonar las libertades, todavía puede materializarse.

Quizá por ello pagué sin mayores reparos los 120 dólares que me costó salir de aquel país. Los primeros 60 me los cobró un personaje vulgarmente sentado en un banco, enfrente del mostrador de Mexicana, con una pequeña caja de madera abierta y repleta de dinero y dedicado a la tarea —a todas luces oficial— de cobrar un impuesto para el turismo. A cambio del dinero, como si fuera mi tarjeta de embarque, me entregó, nada más y nada menos, que la forma migratoria de salida.

Obviamente, aunque lo intenté, no fue posible pagar con tarjeta de crédito. La sensación de estafa fue fuerte pero eran más intensas mis ganas de regresar al Distrito Federal. Y eso que todavía tuve que pagar 60 dólares más: antes de entrar a la sala de espera que, para nosotros los ponentes era una sala VIP tapizada con fotos de Chávez (una de las cuales encabezaba una curiosa “cadena de mando” y venía acompañada por los retratos de sus inferiores, obviamente, colgadas en secuencia descendente), tuve que desembolsar, ahora, el impuesto de aeropuerto. También en efectivo.

Por eso y porque el amable personal de protocolo que nos acompañó en el aeropuerto retuvo nuestro pasaporte hasta el último momento, cuando por fin nos acompañaron a la sala de espera general, un simpático y ocurrente profesor brasileño —con el que, ante la experiencia, desarrollé una relación de complicidad y camaradería— me abrazó bromeando al grito ¡libres!, yo, en verdad, celebré la broma. Y, en efecto, al despegar el avión hacia México, mi país, con sus miles de problemas y su indignante injusticia social, se me antojó moderno, democrático y libre. Lástima que no lo sea tanto.

Pedro Salazar Ugarte. Investigador del instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.. Es autor de El derecho a la libertad de expresión frente al derecho a la no discriminación. Doctor en Filosofía Política por la Universidad de Turín (Universitá degli Studi di Torino) (Italia, 2002). Profesor de Maestría en Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Sede México), Profesor de Licenciatura en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Obtuvo el grado de Dottore di ricerca in storia del pensiero politico e delle istituzioni politiche en la Universidad de Turín, en donde presentó la tesis “La democracia costituzionale: ossimoro o síntesis?”, teniendo como tutor al Dr. Michelangelo Bovero. Asimismo es Licenciado en Derecho por el Instituto Tecnológico Autónomo de México, en donde presentó la tesis “Elecciones y Democracia: el caso de las elecciones de consejeros ciudadanos del D. F.” en 1995.

* Publicado el 1 de marzo de 2010 en la revista digital Nexos en línea: www.nexos.com.mx.

domingo, 7 de febrero de 2010

CRISIS ELÉCTRICA, VERDADES, MENTIRAS E INVASIÓN CUBANA.


Según el RAE, mentir es: “Decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa”, “Fingir aparentar” decir algo que no es verdad con intención de engañar, así que quien engaña o confunde sin ser consciente de hacerlo, no miente: sólo trasmite a los demás su propia equivocación. Hay quienes recurren a la mentira cuando es compasiva o cuando les proporciona resultados positivos sin causar daño aparente o importante. También hay quienes mienten esporádicamente pero a conciencia, generando daño a los demás o persiguiendo beneficios personales y los peores que soportados en su experticia técnica, académica o ventaja comunicacional mienten omitiendo la realidad que conocen.

No hay un evento inesperado en el embalse de Guri, las cotas o niveles son superiores a los esperados si se compara con años anteriores, esto es incluso soportado con medias verdades desde tribunas oficialistas, ejm: “La verdad sobre Guri y el sensacionalismo oposicionista conveniente Ing. Omar Marcano - http://www.aporrea.org/imprime/a93586.html, “En 2003 el nivel llegó a 245 mts. un nivel de emergencia que ameritaba racionamientos compulsivos que hubieran podido exigir cortes importantes de servicio, sin embargo nadie puede decir que en aquellos momentos se hayan producido esos cortes compulsivos”, “El 30 de diciembre de 2009 comenzó la alarma en el embalse al llegar el nivel 261,7 mts y el 06 de enero 2010 a 261,11”

Guri al momento de su construcción, tenía veinte turbinas con una capacidad de generación máxima de 10.000 Megavatios(MW), y fue la planta hidroeléctrica más grande del planeta, ahora es la tercera superada por dos plantas construidas posteriormente: La Represa de Itaipú, un proyecto conjunto entre Brasil y Paraguay que es considerada la planta hidroeléctrica más grande del mundo y la polémica Represa de las Tres Gargantas en China, con 26 generadores.

La demanda de potencia eléctrica en Venezuela ronda los 16.800 MW, y la capacidad instalada de generación es o era de 23.154MW, así: Guri: 10.306MW, Macagua I, II y II: 4.082MW, Borde Seco y La Vueltosa: 771MW, La Honda: 300MW, Santo Domingo, Mérida: 300MW y las termoeléctricas, Planta Centro: 2.000MW, Tacoa: 1.600MW, Termozulia 150MW, Josefa Camejo: 450MW y otra cantidad de pequeñas plantas y grupos electrógenos.

La generación hidroeléctrica instalada en el Caroní representa el 65% del consumo nacional y el agua del embalse de Guri es de conducta aleatoria; los aportes a la cuenca del Caroní fluctúan históricamente entre 6.500 metros cúbicos por segundo y 3.500 metros cúbicos por segundo. Para optimizar la conducta aleatoria de nuestra principal fuente eléctrica se construyo la Planta Termoeléctrica del Centro, “Planta Centro” en Morón, Estado Carabobo, sitio estratégico desde donde se alimenta con fuel-oil proveniente de la cercana Refinería El Palito y se interconecta la también Termoeléctrica Tacoa, Arrecifes, plantas éstas de conducta determinista, porque se activan a voluntad y en tiempo muy breve. Todo esté sistema “Hidro-Termico” se controla en tiempo real (segundos, minutos, horas, días) y se administra y planifica en meses, años y décadas, por “El Centro Nacional de Gestión” CNG, anteriormente “OPSIS”, esté sistema de planificación Hidro-Termo (PLHITER) fue desarrollado por Ingenieros Venezolanos (CADAFE y EDELCA) y está en uso desde mediados de los años 80.

¿El por qué de la crisis en un sistema controlado matemáticamente?
Desde el año 2003, toda la planificación del país ha sido tomada irresponsablemente por el Presidente de la Republica en arrebatos chistosos y públicos, como la orden dada esté domingo (07-02-2010) cuando paseando por la plaza Bolívar de Caracas ordenó al alcalde expropiar todos los edificios que rodean la plaza, agregamos a esto la desprofesionalización y politización de las empresas eléctricas.

El déficit que se está racionando se estima en 1.800MW, potencia que podría haberse cubierto según fue diseñado el Sistema Interconectado, con el arranque de Planta Centro pero está sólo aporta 180MW de un total de 2.000MW instalados; falta de mantenimiento y negligencia criminal han destruido la planta termoeléctrica más grande de Sudamérica, de cinco maquinas de 400MW sólo una está funcionando y rodando lamentablemente aporta menos de la mitad de su capacidad. Es tanta la ineficiencia que si comparamos que la primera etapa de está planta se construyo en tres años, incluida la subestación de 400KV, obras civiles, chimenea, etc. y la conversión de una turbina de fuel-oil a gas se está ejecutando desde mayo del año 2002 y aún no se ha puesto en operación, ocho (8) años de incapacidad y cómo si esto fuese poco, la otrora hidroeléctrica más grande del mundo, Guri, tiene siete (7) turbinas de 500MW, (3.500MW) fuera de servicio por falta de mantenimiento y otra la Nº 2, rueda con vibración extrema y peligrosamente a punto de desencadenar una tragedia que destruiría totalmente nuestra hidroeléctrica, cómo ocurrió con la hidroeléctrica Sayano-Shushenskaya en Khakassia, Rusia, Planta Tacoa tiene 240MW fuera de servicio por falta de mantenimiento, Termozulia tiene 150MW fuera de servicio, en total 5.710MW, tres veces el déficit de potencia que se esta racionando.

¿Pero es todo esto negligencia, se puede creer que tamaña irresponsabilidad ocurre o es un plan más expedito de pago de protección del presidente de la Republica al invasor cubano?

Decenas de grupos electrógenos, que queman diesel de 10MW están siendo construidos en el país, suministrados por Cuba y supervisada su instalación por cubanos, sistema éste desechado en Venezuela hace más de veinte años, por ser altamente costoso, en operación y consumo de combustible y muy contaminante y para completar la bofetada a la inteligencia de los Venezolanos el presidente “invita” al General Cubano Ramiro Valdez, famoso por represor de las redes de Internet en la isla, para que nos asesore con la resolución de la crisis y una de las medidas tomadas por el invasor es paralizar los hornos de colada continua de palanquillas de una de las acerías más grande del mundo, SIDOR y seguidamente se anuncia desde el gobierno la importación de estas palanquillas desde Cuba.
Ángel Rivero
Febrero 07, 2010

domingo, 29 de noviembre de 2009

Marcada por 200 millones de personas ancladas en la miseria, el continente no ha conseguido superar el peso de obscenas desigualdades sociales

Por MARTÍN CAPARRÓS © BABELIA

Soy argentino: nací en un país que nunca creyó que fuera parte de América Latina hasta que, hace unos años, en medio de la peor crisis de su historia, empezó a aceptar que lo era. No fue, para nosotros, un hallazgo feliz.

Quizá no debería decirlo, pero para los argentinos empezar a ser latinoamericanos fue dejar de pensarnos como una sociedad con un Estado muy presente, buena salud y educación públicas, cierta capacidad industrial, infraestructura de servicios eficiente, mercado interno suficiente, cierta cultura, clase media cuantiosa y una desigualdad moderada en los ingresos. Y descubrirnos como una sociedad desregulada salvaje, exportadora de materias primas, sin garantías estatales de bienestar, con violencia creciente, educación escasa y una extrema polarización de clase: ricos muy ricos y pobres bien pobres. Muchos pobres, cada vez más pobres. Ése fue el precio de empezar a llamarnos latinoamericanos: nadie querría pagarlo.

—O sea que para usted decir latinoamericano es algo así como un insulto, mi querido.

—Yo no diría un insulto, licenciado. Más bien una tristeza suave, o a veces una rabia.

En general, cuando un habitante del Occidente más o menos rico piensa en Latinoamérica imagina, antes que nada, recursos naturales, selvas vírgenes, mujeres y hombres menos, músicas dulzonas, imaginación desenfrenada. Y, justo después, se detiene en la Sagrada Trinidad Sudaca: violencia, corrupción, pobreza. No disimulen, primos gallegos, catalanes, vascos: ustedes también piensan en eso. Y nosotros: uno de los deportes clásicos en cualquier encuentro de latinoamericanos de acentos variopintos es el Campeonato del Peor: quién tiene en su país más corrupción, mayor violencia, más pobreza. Lo cual nunca se resuelve -los sudacas somos orgullosos- y entonces podemos pasar a la etapa siguiente y postular que las tres están perfectamente ligadas: que la violencia es un producto de la exclusión creada por la pobreza y profundizada por la corrupción de los poderosos -o algo así. Pero que no sabemos, claro, cómo salir del círculo vicioso.

Ciudad del Este es el triunfo de lo falso. Las calles y los puestos y los locales rebosan de falsificaciones mayormente chinas: las zapatillas falsas, por supuesto, y los falsos perfumes franceses y las lacostes tan falsas como una descripción y las pilas y pilitas falsas y las falsas camisetas de fútbol y los bolsos Vuitton o Mandarina perfectamente falsos y los encendedores y los relojes y los licores y los remedios falsos: aquí lo único verdadero es la falsificación. Alguien trata de convencerme de que fabrican falsas hamacas paraguayas pero no sabe explicarme cómo se logra ese portento. Entonces otro me cuenta que, a la noche, todo se llena de falsas mujeres que son, en verdad, nenas -y me impresiona un poco tanto esmero.

Hace calor. Por las calles atestadas de vendedores y compradores -en Ciudad del Este no hay más categorías posibles- cruzan chicos cargados de cajas y más cajas, muchachos que tratan de venderme un cortapelos, chicas que me ofrecen estampitas de vírgenes, y el polvo se mete en todas partes y los gritos se meten y el olor de tantos sudores combinados. Ciudad del Este es sudaca sin velos y, en medio de todo eso, una tienda enorme elegantísima la convierte en metáfora boba de América Latina. Entre el olor y el polvo y esos gritos, el edificio de vidrios y de acero: la Monalisa es un duty free de aeropuerto con perfumes relojes lapiceras maquillaje maletas de las marcas correctas y lo atienden las chicas más correctas y hay poca gente y hay silencio y el aire es fresco muy correcto y, en el sótano, para mi gran sorpresa, aparece la mejor bodega al sur del río Bravo: esos grandes vinos franceses que aquí no bebe nadie, nada por menos de cien dólares. El caos, los vivillos, las falsificaciones, la pobreza activada rodeando el lujo más abstruso. Ciudad del Este, ex Puerto Stroessner, Paraguay, Triple Frontera, es un curso exprés perfecto sobre Latinoamérica.

Mucho más que la pobreza, esa miseria: la diferencia obscena.

Aunque en los últimos años la economía de Latinoamérica ha crecido un poco, en cifras de ministerios y bancos internacionales; el continente tiene, además, un tercio de las aguas limpias del mundo, las mayores reservas de petróleo, cantidad de minerales, plantaciones, tierras, poca gente. Hubo milagros chilenos, peruanos, casi colombianos, incluso mexicanos y por supuesto brasileños. Pero la economía latinoamericana sigue marcada por su dependencia de los mercados internacionales -el continente es más que nada un productor de materias primas o, como se dice ahora, de commodities- y, sobre todo, por aquello que llaman la pobreza: 200 millones de personas -dos de cada cinco- que no comen todo lo que deberían.

—Uy, ustedes los sudacas no paran de hablar de su pobreza. ¿Será para tanto?

Es difícil imaginar la realidad de la pobreza desde las calles de una ciudad rica. Creo que recién lo entendí hace unos años, cuando fui a un campamento del movimiento de campesinos Sin Tierra brasileño, en medio del Amazonas. Los ocupas rurales me alojaron en la choza de una mujer de 30 años que no estaba allí -y se llamaba Gorette. Aquella noche, imperdonable, espié sus posesiones: en su choza había una cocina de barro, un machete, 4 platos de lata, 3 vasos, 5 cucharas, 2 cacerolas de latón, 2 hamacas de red, las paredes de palos, el techo de palma, un tacho con agua, 3 latas de leche en polvo con azúcar, sal y leche en polvo, una lata de aceite con aceite, 2 latas de aceite vacías, 3 toallitas, una caja de cartón con 10 prendas de ropa, 2 almanaques de propaganda con paisajes, un pedazo de espejo, 2 cepillos de dientes, un cucharón de palo, media bolsa de arroz, una radio que no captaba casi nada, 2 diarios del Movimiento, el cuaderno de la escuela, un candil de kerosén, tres troncos para sentarse, un balde de plástico para traer agua del pozo, una palangana de plástico para lavar los platos y una muñeca de trapo morochona, con vestido rojo y rara cofia. Eso era todo lo que Gorette tenía en el mundo -y digo todo: exactamente todo y nada más. Aquella noche empecé a entender qué era la pobreza. O lo supuse.

Porque después me pareció que la palabra pobreza no servía para describir las sociedades latinoamericanas. Pobreza es una palabra demasiado amplia: describe, suponemos, la condición de los que tienen casi nada. Gorette, por ejemplo: su austeridad extrema era la norma en aquel campamento de campesinos que habían decidido ir a buscar sus vidas al medio de la selva; ninguno de sus vecinos y compañeros tenía mucho más. Pero es un caso cada vez menos frecuente: en América Latina, la mayoría de los pobres vive en asentamientos precarios alrededor o dentro de las grandes ciudades, o sea: enfrentados al martilleo constante de que otros sí tienen todo lo que ellos no. Lo cual, a falta de mejor palabra, querría llamar miseria.

No es lo que dice la Academia: en su diccionario, miseria figura como "estrechez, falta de lo necesario para el sustento o para otra cosa, pobreza extremada". Pero lo que llamo miseria es la desigualdad brutal, concentrada en un mismo territorio, y sus efectos de enchastre y de violencia: la humillación constante. La pobreza latinoamericana no suele aparecer en un contexto de carencia, de imposibilidad: no un desierto sudanés, no un pantano bengalí. Son villeros o pobladores o favelados junto al barrio caro pomposo custodiado: pobreza con escándalo de despilfarro cerca. La pobreza común es dura pero crea vínculos, redes, tejidos sociales; la miseria de la desigualdad los rompe, deshace cualquier intento de construcción compartida. El diezmo más rico de los latinoamericanos gana más de 30 veces más que el más pobre; en España, por ejemplo, la proporción ronda el 10 a 1. La esperanza de vida de mis vecinos de Buenos Aires es de 76 años; los habitantes del Chaco, una provincia de este norte, se mueren -en promedio- a los 69. O sea: un porteño vive un 10% más que un chaqueño -y la proporción es parecida si se comparan habitantes de San Pablo y Alagoas en Brasil, o Lima y Cuzco en Perú. Muchas otras cifras podrían decir lo mismo: pedestre, suelo creer que nada es más decisivo que vivir o no.

Digo: miseria. Una sociedad que produce el triple de los alimentos que precisa -pero uno de cada seis chicos sigue desnutrido. O, dicho de otro modo: aquella bodega con sus Château Mouton-Rothschild en medio de la selva de chiringuitos falsos. Eso es, ahora, todavía, América Latina. Y así nos sigue yendo.


[Martín Caparrós, Buenos Aires, 1957. Autor de Una luna (Anagrama, 2009 )

miércoles, 26 de agosto de 2009

Después del socialismo, ¿qué?


SOCIALISMO BAJO CUALQUIER NOMBRE

David Horowitz

En un discurso en Moscú el 1 de enero de 1991, Boris Yeltsin dijo:

"Nuestro país no ha tenido suerte… Se decidió realizar este experimento marxista en nosotros… Y simplemente nos empujó fuera del camino de los países civilizados…Al final, demostramos que estas ideas no tienen cabida en ninguna parte."

Para la izquierda fuera de la Unión Soviética, sin embargo, la conclusión de Yeltsin sigue siendo inconcebible. Lo que angustia a la izquierda no es tanto la catástrofe del socialismo como que su historia haya acabado en el desencanto. Sufre porque la experiencia de este siglo de revoluciones haya llevado a conclusiones conservadoras: la reconciliación con los límites de la condición humana; el reconocimiento de los inevitables conflictos e insuficiencias que constituyen la infelicidad social. En otras palabras, la aceptación de quién somos y qué somos.

De no ser por esto, grandes contingentes de la izquierda ahora está preparados para conceder muchas cosas: la bancarrota del marxismo, los males del comunismo e, inclusive, la contaminación del socialismo debido a su asociación con ambos. Pero esos izquierdistas insisten en que la ineficiencia de las ideas no significa que haya que renunciar a sus nobles ambiciones, que renunciar al pasado del socialismo no significa renunciar a su futuro, que renunciar a la tentación totalitaria no significa renunciar a la causa radical. Esa perspectiva les repugna. Significa haber perdido la discusión de toda una vida. Es la perspectiva de convertirse en uno de ellos, de volverse un contrarrevolucionario de la derecha. Abandonar las lealtades de toda una vida, transformarse en un conservador. ¿Qué romanticismo hay en eso? ¿Qué quedaría de sus esperanzas progresistas, de su búsqueda de la igualdad y la justicia social? Estos pensamientos impensables son los que los unen a los harapos de un credo desacreditado; eso es lo que los hace todavía, a pesar de todo, soldados de la vanguardia de la izquierda política.

¿En qué ejército?

En realidad, ¿qué es esta vanguardia, ahora que su Nuevo Mundo se ha colapsado? ¿Y qué queda de la división que ha definido nuestras vidas políticas? Los términos izquierda y derecha son algo más un homenaje residual a 1789. Esos términos identifican a los partidos que han estado luchando desde entonces por el destino de la modernidad, es a través de ellos que ubicamos a nuestros antecesores en la lucha por la libertad y la justicia, es a través de ellos que medimos quiénes somos.

O lo hemos hecho, hasta ahora. Porque en realidad hemos llegado a un punto de viraje. La historia de la modernidad revolucionaria se está cerrando. El derribo del Muro de Berlín marcó el fin de una época de manera tan contundente como la toma de la Bastilla marcó su inicio. Como todos los fines, éste cambia nuestra percepción de lo ocurrido anteriormente.

Por esto es imposible consolarse con la ilusión de que el socialismo hubiera podido funcionar si se hubiera ensayado ésta o aquella variante. Sin embargo, entre los que siguen identificándose con la izquierda, nadie acepta eso. En este siglo, las revoluciones de la izquierda han creado despotismos que reducen otras tiranías de la historia a la insignificancia. Con todo, para los militantes de la cultura radical, la "izquierda" sigue evocando el idealismo de una causa "progresista", mientras que "derecha" sigue siendo sinónimo de reacción social.

En realidad, no se puede permitir que la idea socialista siga funcionando como un cheque en blanco para la violencia y la injusticia que requiere el hacerla realidad. No podemos utilizar la fantasía socialista, ni siquiera retrospectivamente, para justificar asaltos contra sociedades, que por negativas que fueran, resultaron menos opresivas que las "soluciones revolucionarias" que vinieron después. Los fallidos "experimentos" de la izquierda deben ser vistos como lo que realmente fueron: sangrientos ejercicios de nihilismo civil, violentas persecuciones de esperanzas vacías, actes gratuits revolucionarios.

Condenados desde su concepción y deliberadamente destructivos, estos gestos revolucionarios están condenados por la moralidad y la justicia. Si hubo un "partido de la humanidad" en las guerras civiles provocadas por la izquierda, fue el partido contrario: el partido los que defendieron los procesos democráticos y el orden civil contra el barbarismo que traía la revolución.

El término "contrarrevolucionario" es la prueba de su incapacidad para comprender la historia que han vivido. Cien millones de personas han sido asesinadas en las revoluciones de la izquierda mientras que muchos millones más fueron enterradas vivas. Tras las murallas de los gulags, culturas enteras fueron asoladas, civilizaciones destruidas y generaciones enteras privadas de las condiciones de una vida decente. Y, a pesar de todo, para los progresistas, el epíteto "contrarrevolucionario’’ sigue siendo un término de oprobio en vez del sinónimo de cordura moral que nos muestra la historia. Contrarrevolución es el nombre de la resistencia a las enormes depredaciones provocadas por soñadores como ellos.

La misma palabra "contrarrevolución" fue inventada por los virtuosos terroristas de la Revolución Francesa para estigmatizar a los opositores que estaban llevando a la guillotina. En realidad, los primeros "contrarrevolucionarios" fueron las mismas masas en cuyo nombre había triunfado la revolución: los campesinos de la Vendée, un cuarto de millón de los cuales fueron asesinados en el Terror Jacobino del Año II.

Los campesinos de la Vendée no se oponían a los cambios de 1789 -las reformas constitucionales de la Monarquía, la Declaración de los Derechos del Hombre, el derecho al voto para el Tercer Estado- sino a la dictadura revolucionaria que le siguieron. Lo que inspiró su resistencia fue la República de la Virtud y el Culto a la Razón (y el Reino del Terror requerido para crear una ciudadanía virtuosa y razonable),

En el exterior, el principal apóstol de la contrarrevolución-el liberal inglés Edmund Burke–tampoco era opositor de las reformas políticas y del establecimiento de una república, sino del intento radical de transformar la sociedad y recrearla de novo. Y fue esta ambición totalitaria –de rechazar el pasado y rehacer la humanidad- lo que ha motivado desde entonces a los contrarrevolucionarios.

Los creadores leninistas de la Unión Soviética fueron los herederos conscientes de la vanguardia jacobina. Al exterminar a los "enemigos del pueblo", los leninistas hallaron indispensable el término "contrarrevolucionario". Lo usaron primero para desacreditar a los liberales que se opusieron a su golpe de estado contra la democracia que había reemplazado al zar. Lo aplicaron entonces a sus rivales mencheviques, luego a los anarquistas, a los marinos del Kronstadt, a los oposicionistas, trostskistas, bujarinistas y hasta a los estalinistas anti-Stalin. Al final, lo emplearon contra todo espíritu recalcitrante que se interpusiera en el camino de sus planes revolucionarios. Al igual que sus héroes jacobinos, los leninistas también crearon un imperio de magnitud napoleónica. Pero setenta años después de su creación, los siervos de ese imperio se alzaron en masa en la mayor contrarrevolución de la historia humana.

Casi doscientos años antes, el filósofo reaccionario Joseph de Maistre, refiriéndose al término que los jacobinos habían aplicado a sus opositores políticos, escribía lo siguiente: "El restablecimiento de la monarquía, que es llamado "Contrarrevolución’’, escribió en 1797, "no será una revolución contraria sino lo contrario de la Revolución’’. Reaccionarios como Maistre no apoyaban 1789 sino defendían al ancient régime. Estaban por el status quo ante.

Teniendo esto presente, observe ahora los enormes acontecimientos de 1989 y 1991. Los levantamientos masivos en todo el imperio soviético y el dramático final en Moscú no fueron lo contrario de la revolución de 1917 sino una verdadera contra-revolución. Aspiraban no sólo a la restauración del viejo régimen sino a uno nuevo. El futuro que invocaban era la antítesis del impuesto por los leninistas y esta antítesis era precisamente ese futuro revolucionario-burgués y democrático, individualista y capitalista- cuyo paradigma había defendido el mismo Burke para Estados Unidos en 1776.

Volviendo la mirada sobre esta historia de doscientos años, por consiguiente, podemos ver que no se trata simplemente de un conflicto entre Revolución y Ancien Regime (donde contrarrevolución es sinónimo de reacción y revolución significa progreso) sino un conflicto entre dos tradiciones revolucionarias, dos caminos hacia el mundo moderno.

La Guerra Fría, que a menudo se nos presenta como un conflicto entre potencias sin ninguna dimensión histórica particular, puede ser considerada más exactamente como el clímax del conflicto entre estas dos tradiciones. El espíritu o ethos radical de la Revolución Francesa se convirtió en el hontanar de todas las revueltas socialistas contra el orden burgués que culminaron en el establecimiento del imperio soviético. El ethos libertario de la Revolución Americana inspiró a sus opositores conservadores y señaló el camino de una contrarrevolución basada en los derechos individuales, el libre mercado y las constituciones democráticas. Las sociedades que siguieron este camino formaron una alianza de naciones libres cuyo triunfo en la Guerra Fría ha señalado el fin de la era totalitaria.

Los izquierdistas que no quieren afrontar las implicaciones de su derrota histórica, prefieren sentirse intrigados por los acontecimientos. El triunfo de la Derecha les resulta tan incomprensible que hablan de las contrarrevoluciones en la Europa del Este como si se tratara de enigmas impenetrables. Debido a que los demócratas en la Unión Soviética se llaman "radicales" y los comunistas "conservadores’, llegan a la conclusión que hemos llegado a un nuevo "fin de las ideologías." El concepto mismo de Izquierda y Derecha habría perdido su significación y haría falta un nuevo vocabulario político.

¿De veras? Sólo si uno insiste en ver esta historia a través del prisma de una sola tradición. Y sólo si uno quiere evitar el ajuste de cuentas con la derrota socialista.

Pero si rechazamos este tipo de razonamiento y reconocemos que hay dos tradiciones –la liberal y la radical- en conflicto mortal, la dificultad se desvanece. Cuando estas dos tradiciones se confrontaron a través de la Cortina de Hierro, Izquierda y Derecha se convirtieron en imágenes especulares. Dentro del bloque soviético, "Izquierda" significaba contrarrevolución (capitalismo, liberalismo, democracia), mientras que "Derecha" significaba la defensa conservadora del status quo, es decir, la dictadura marxista, el comunismo, el socialismo. En Occidente, es justamente lo contrario: el status quo que defienden los conservadores es liberal y democrático. Ser conservador dentro de una tradición revolucionaria simplemente significa conservar el modelo peculiar a esa revolución. Ser conservador en el contexto del Occidente democrático significa querer preservar el marco capitalista, liberal y democrático que constituye su logro histórico, y actuar conforme a las premisas no utópicas que son su fundamento filosófico.

¿Que significa ser de Izquierda?

Y ¿qué significa ser de izquierda dentro de esta marco liberal? Desde hace doscientos años, la contrarrevolución izquierdista ha significado una guerra permanente contra la sociedad burguesa- contra la cultura de los derechos individuales y el pluralismo político, contra los fundamentos de propiedad privada del estado liberal. Haber estado en la Izquierda es haber estado en guerra permanente con las únicas sociedades libres y democráticas que ha conocido el mundo. Ha sido una guerra llevada en nombre de ideales irrealizables y de un futuro impracticable, y que ha aparejado miseria y opresión de incalculables proporciones a incontables millones.

Muchos izquierdistas objetarán. No quieren que se les ponga en el mismo saco con los leninistas, marxistas y otros totalitarios. Se llaman a si mismos socialistas democráticos (suponiendo que esta frase tiene algún significado en el mundo real). Ha prestado atención a las tragedias soviéticas y han modificado su credo.

Es cierto, por ejemplo, que desde el colapso de la economía soviética, muchos "socialistas democráticos’’ están ansiosos por admitir que no se puede descartar tan fácilmente al mercado. En ocasiones, inclusive se permiten decir que quizás "socialismo" sólo sea, en fin de cuentas, el término para una forma más humana de capitalismo. Y, sin embargo, hay algo tan visceral en su identificación con la causa socialista, tan apasionado en su creencia en un mundo re-construido, que rehusan lo que parecería ser la opción honorable: Admitir que estuvieron equivocados y renunciar al fantasma radical. En vez de eso, insisten que el nombre de su sueño sigue siendo socialismo.

En fin de cuentas, las concesiones que están dispuestos a hacer ahora parecen menos una autocrítica que una táctica para evitar más derrotas. Consideren el nombre que le han puesto a su proyecto: socialismo de mercado. ¡Que rápidamente se han apropiado del concepto que una vez condenaron, y que condenaron cuando las vidas de millones de personas estaban en la balanza! Los socialdemócratas, y no solo los leninistas, escribieron bibliotecas enteras tratando de demostrar que la economía de mercado era la raíz de todos nuestros males. Y, sin embargo, ahora corren a incorporar el mercado como un remedio para los males del socialismo. Todo con tal de no renunciar a su fe.

Examinemos que significa entonces aferrarse a esta fe y ser de izquierda radical dentro de la tradición política del Occidente liberal. Se puede decir que la Izquierda comenzó con un famoso pasaje del "Discurso sobre los Orígenes y Fundamentos de la Desigualdad" de Rosseau:

"El primer hombre que tras cercar un terreno, decidió decir que esto es mío, y encontró gente suficientemente simple como para creerlo, fue el verdadero fundador de la sociedad civil’’.

Y Rosseau exclamó, en palabras que reverberan a través de la historia subsiguiente:

"Cuantos crímenes, cuantas guerras, cuantos asesinatos, cuantas desgracias y horrores le hubiera ahorrado ese hombre a la especie humana si esta, arrancando las cercas de la tierra, hubiera gritado: ¡No escuchen al impostor, están perdidos si olvidan que los frutos de la tierra nos pertenecen a todos por igual y que la tierra en su conjunto no es de nadie!’’

Durante los siguientes dos siglos, esta idea sirvió como inspiración del ataque radical contra la democracia liberal en Occidente. En realidad, la acusación de que la propiedad privada ha corrompido a la humanidad se convirtió en la proposición básica de todos los intentos por construir un futuro radical. Futuro en el que los males "socialmente creados", como la desigualdad y la injusticia, serían relegados a un museo de antigüedades.

Dos siglos después, el desmigajamiento de estos esquemas socialistas han cambiado el sentido del apóstrofe de Rosseau. Ahora tenemos que preguntar:

¿Cuántos crímenes, cuántas guerras, cuántos asesinatos, cuántos desgracias y horrores se hubiera ahorrado la especie humana si el mundo no hubiera escuchado a este impostor radical cuando atacaba a la propiedad privada-el fundamento mismo de la libertad- mientras invocaba los ilimitados poderes del estado para hacer a los hombres virtuosos e iguales?

Esta pregunta marca la línea divisoria entre la Izquierda y la Derecha. Para Rosseau, como para los radicales que lo siguieron, la sociedad es la raíz de la opresión humana. "El hombre nace libre pero en todas partes está encadenado.’’ El objetivo de los radicales es la transformación de la sociedad que liberará al "auténtico" ser humano. Pero la historia del socialismo ha mostrado (como los conservadores advirtieron siempre que haría) que la humanidad, liberada de las responsabilidades de la propiedad y del orden y la disciplina del mercado, de la religión y del imperio de la ley, sólo sabe retroceder al barbarismo y la maldad atávica.

Para la contrarrevolución de la Derecha, la verdad revelada sobre la humanidad es exactamente lo opuesto del reclamo de Rosseau: la sociedad no sólo es la represora de la naturaleza humana sino su fiel reflejo; no simplemente su corruptora sino también su civilizadora. "¿Qué es el gobierno," escribió uno de los fundadores de Estados Unidos, "sino un reflejo de la naturaleza humana?". Y "si los hombres fueran ángeles no habría necesidad de gobierno.’’ El hombre no nace libre sino esclavo de sus pasiones. Son sólo los límites civilizadores del contrato social los que pueden liberar al hombre naturalmente antisocial y hacerlo entrar en el orden de una vida relativamente humana y productiva.

Este es el realismo pragmático que informa el paradigma americano, y su argumento está sintetizado en la famosa discusión de Madison sobre las facciones políticas en el Federalista #10. Todas las divisiones de clase, sexo y raza que los igualitarios de la Izquierda proponen erradicar son, en última instancia, los problemas de la facción de Madison. Al definir su enfoque de estos problemas, por consiguiente, el Federalista #10 también define el paradigma de la Derecha conservadora:

"Hay dos métodos de curar los males de la facción: uno es eliminando sus causas; el otro, controlando sus efectos. De nuevo hay dos métodos de eliminar las causas de una facción: uno, destruyendo la libertad que es esencial a su existencia; el otro, dándole a cada ciudadano las mismas opiniones, las mismas pasiones y los mismos intereses." (*)

En este pasaje, la historia de los dos últimos siglos está destilada en dos proposiciones. El radical está decidido a eliminar las causas de la división humana y el sufrimiento consiguiente; el conservador se contenta con tratar de administrar esos conflictos, de contener los efectos de los males que son parte de nuestra humanidad. En el impulso radical para redimir a la humanidad, los conservadores ven una amenaza a la libertad humana. Porque la decisión de erradicar las causas del conflicto social, de hacer a la sociedad una e indivisible, no es nada menos que la ambición totalitaria. Es la promesa (en la reveladora fórmula de Rosseau) de obligar a los hombres a ser libres.

Al escribir antes de la Revolución Francesa y por consiguiente antes de la aparición de la izquierda moderna, Madison no creía que alguna facción realmente se propusiera controlar la consciencia de otros para crear una unidad de intereses y una igualdad de condiciones. Para Madison, semejante programa sería simplemente impráctico. La razón humana era falible y mientras hubiera libertad, las opiniones de la humanidad permanecerían diversas. Además, las facultades y talentos humanos mismos eran diferentes desde el nacimiento. De esa diversidad fluían inevitables desigualdades y, en última instancia, los derechos de propiedad que formaban un "obstáculo insuperable’’ para el logro de una cualquier uniformidad (y/o armonía) de intereses. Pero lo que para Madison era imposible y una amenaza para la libertad se convirtió en un objetivo necesario para la Izquierda moderna.

Desde la Revolución Francesa, la "libertad" radical y la "libertad" conservadora se han opuesto como los valores definitorios de la derecha y la Izquierda. Los radicales han invocado la libertad como el poder de la auto-realización y la unidad social. En la práctica, esto ha significado invariablemente la rendición de la autonomía individual a la verdad colectiva y a la opresiva alquimia de la Voluntad General. Para los conservadores, la libertad es la falta de coerción. Sus componentes son los límites civilizadores del orden social, y las restricciones negativas que impone el estado.

El objetivo conservador es democrático pero circunspecto y modesto. Es mejor vivir con algunas injusticias que, al tratar de buscar una justicia perfecta, crear un mundo sin ninguna. Esta es la gran lección política escrita con sangre en la historia de los últimos doscientos años, la lección que la izquierda rehusa aprender. Es esta negativa lo que hace de los izquierdistas los auténticos y peligrosos reaccionarios del mundo moderno.

Gracias a su amnesia histórica y hegemonía cultural, los radicales han podido apropiarse de los términos "democrático’’ y "progresista’’ (así como de "liberal" en Estados Unidos). Pero el carácter real del proyecto radical permanece obstinadamente igual. Es la antítesis del paradigma americano. Es una oposición tan fundamental que inclusive los revisionistas que aceptan una parte de los logros democráticos se revelan como profundamente hostiles al concepto de los fundadores de Estados Unidos y su camino revolucionario.

En ninguna parte esto queda mejor ilustrado que el último trabajo de Michael Harrington, el mejor exponente del socialismo democrático norteamericano. Harrington luchó toda su vida con el problemático legado de su compromiso político y sus trabajos registran un esfuerzo tan obstinado como fallido por acomodar ideas que pudieran rescatar la teoría izquierdista de su impasse moral e intelectual.

Terminado en 1989, mientras el autor padecía un cáncer terminal, el último capítulo de ese esfuerzo aparece póstumamente bajo el título de Socialismo: Pasado y Futuro. Escrito a la sombra del colapso comunista, fue un intento de reafirmar la aspiración socialista de ser "la esperanza de la libertad y la justicia humana.’’

Como generaciones de socialistas antes de él, Harrington consideraba la Revolución Francesa como un triunfo mediatizado, que sólo había alcanzado la igualdad en la esfera política. La tarea socialista era "completar" la Revolución extendiéndola al campo económico.

La (revolución burguesa) abrió las posibilidades de libertad y justicia, no su inevitabilidad. Después de todo, los gobernantes del sistema frecuentemente se sentían horrorizados por la potencialidad involuntaria de sus propios magníficos logros. Pero se sentían aterrados por que los derechos civiles de la gente… fueran a significar el fin de los derechos de propiedad para la elite.

Para proteger sus privilegios, estas clases dominantes se confabularon para impedir que la gente actuara en su interés común. Según Harrington, los Padres Fundadores alcanzaron el pináculo de ese cinismo cuando concibieron las claves del paradigma americano. "Todo esto fue teorizado,’’ escribe, "con asombrosa claridad en el Federalista #10 de James Madison, en una de la mayores defensas de la manipulación en la historia de la teoría política’’.

En síntesis, la formulación verdaderamente revolucionaria del Federalista #10, la división de poderes organizada por la Constitución y que, desde entonces, ha sido el gran baluarte de las libertades americanas, es condenada por Harrington como un obstáculo para la libertad. La tarea de la revolución socialista es destruir ese obstáculo.

La palabra final del más flexible de los socialdemócratas americanos es la última declaración de guerra contra la idea americana. Tan consistente ha sido, en estos doscientos años de tragedia revolucionaria, la embestida radical.

En Guerra con el Liberalismo

Ser un izquierdista, por consiguiente, es estar en guerra contra los dos logros más profundamente liberadores de la historia moderna: el estado liberal y la economía liberal. Estos son los pilares gemelos de lo que Friedrich Hayek llamó la Gran Sociedad, y que describió como un "orden extendido de cooperación humana’’ espontánea. Esa sociedad no es el producto de esquemas vanguardistas, como los designios socialistas, sino de un largo proceso de ajustes parciales que condujeron con el tiempo a instituciones más humanas y productivas. La democracia capitalista (imperfecta como la humanidad) es el nivel más alto de la evolución humana.

El socialismo, por el contrario, pertenece, según la concepción de Hayek, a la prehistoria de la humanidad. Lejos de ser una concepción progresiva, la ética socialista se deriva de fuentes instintivas y representa la moralidad primitiva de las formaciones pre-industriales, el clan y la tribu, que tuvieron que ser superadas para poder realizar las grandes potencialidades de creación de riqueza de las sociedades mercantiles. El socialismo moderno es, por consiguiente, el retorno de lo reprimido. Sus valores-igualdad, cooperación y unidad- son los códigos de supervivencia de grupos pequeños y vulnerables con objetivos claros e intereses compartidos.

Pero la moralidad de las comunidades tribales se vuelve desastrosa cuando pretende aplicarse a economías complejas que dependen de factores de producción geográficamente dispersos. En el contexto moderno, el ethos tribal produce atavismos sociales-la política paternalista, los nacionalismos fratricidas y los despotismos económicos que han mantenido grandes partes de Africa, Asia y América Latina empantanadas en la pobreza y la opresión.

Durante mucho tiempo, el reaccionario ethos tribal del socialismo quedó escondido dentro de la retórica universalista del movimiento marxista. Pero el colapso del comunismo ha desintegrado la idea marxista y fragmentado la cultura de la izquierda internacional. El resultado es una proliferación de teorías revolucionarias post-marxistas que ya no se basan en las clases económicas sino en el sexo, la raza y hasta la "orientación sexual’’. Estas nuevas ideologías no son tan nuevas, sin embargo, como para alejarse del impulso básico del proyecto radical. Todas comparten el deseo de Rosseau de redefinir y reapropiarse el mundo en términos de un yo colectivo. "Un anhelo atávico por la vida del noble salvaje’’, como decía Hayek, "es la principal fuente de la tradición colectivista’’.

La izquierda post-marxista ha comenzado así su carrera lanzando un gran asalto sobre la tercera gran conquista de la historia moderna: la comunidad liberal misma. Esta comunidad, cuyo paradigma es Estados Unidos, está fundada en un acuerdo universal que trasciende las particularidades multiculturales de la sangre y la tierra. Estados Unidos es la cristalización única de una idea de nacionalidad que reside en un compromiso compartido con principios universales y valores pluralistas. Este credo es la culminación de una evolución que se retrotrae en el tiempo a Jerusalén, Atenas y Roma. Encapsula lecciones que se han acumulado por la práctica y la fe, que están inscritas en las enseñanzas de una tradición sagrada y en las instituciones de la ley secular. Estas tradiciones (como sucede con la tradición judeocristiana) y esas instituciones (de hecho, instituciones democrático-burguesas) nos han llevado a verdades evidentes de las que, en última instancia, dependen nuestra libertades.

Doscientos años después de la fundación de Estados Unidos, la agenda de la izquierda radical es la desconstrucción de la idea de la nacionalidad norteamericana. La agenda de los "conservadores’’ –anticomunistas, libertarios, defensores de la propiedad privada- sigue siendo su preservación.

l David Horowitz fue socialista en su juventud. Junto con Peter Collier es coautor de Una Generación Destructiva: Repensando los Años 60. Es codirector de la revista Heterodoxia y es un interesado en los problemas cubanos.

Nota: Paradigma quiere decir modelo. Facción se refiere a grupos militantes de cualquier tipo.

(*) La idea de Madison en el Federalista #10 es simplemente equilibrar a unos grupos con otros. Lo que limita las ideas, las pasiones y los intereses de cualquier grupo son las ideas, las pasiones y los intereses de los otros grupos. Es la misma idea que subyace la separación de poderes.